Tengo la fortuna de tener un lugar feliz, un refugio para mi cuerpo, mi mente y mi alma, en este lugar pasan cosas mágicas, está lleno de naturaleza y vida por donde sea que mires. Acá soñamos con nuestra vejez juntos, arrugaditos y felices, en este lugar nos vemos sonreír mucho mas que de costumbre y fue justo en este lugar en donde tuve la suerte de ver de cerca un Chucao. En nuestras caminatas de tarde, un día, escuchamos su inconfundible canto, se escuchaba fuerte, resonaba entre arboles y arbustos nativos, a orillas del riachuelo, protegidos por la roca del cerro a los pies de un canelo milenario, de pronto salió de su escondite a saludar, era muy curioso, se posó a centímetro de mis pies y me quedé congelada, nos miramos y parecía que nos entendíamos, yo solo quería mirarlo y él quería saber quién era yo. Su inocencia, como si fuera un niño curioso y los detalles de su plumaje me impactaron, ahí decidí que sería mi siguiente ilustración.
Chucao